lunes, 6 de julio de 2009

que los veranos no pasen

Que los veranos no pasen.

Que el sabor de la hierba quemada aún habite tímidamente en mi boca.

Que el alegre gusto de las cervezas frías, deje de bailar lejanas danzas entre el recuerdo de la espuma y la ebriedad.

Que no se marchen las noches tibias, giratorias, raras… las etílicas risas y los ruborizados ojos del sonámbulo verde.

Que vivan las manos concentradas, esas que jubilosas envolvían al último suspiro de planta sativa, aquellas que se concentrában entre amigos y tardes calmadas. Que vivan las sonrisas ensambladas con el llanto, las discusiones escépticas como de filósofos modernos; que viva el vino menstruado del sagrado útero del Señor Jesús.

Que los veranos no pasen.
Que los inviernos pasen
Que la tristeza pase.

sábado, 4 de julio de 2009

ultimamente me he puesto muy color rosa, matemos al culpable

jueves, 2 de julio de 2009

poema

La porcelana es tu piel
La que curiosamente examino detrás de todo.
La veo, la imagino y me la explico:
Es el algodón de las constelaciones
Es la cama del sonámbulo y el grito del mudo.
Aun en tu cara se percibe el tibio aroma de las sábanas
Y la incomprensión que tendrás de mis poemas
Que en este momento
Son un gajo de luz que penetra
Habilidoso de entre mares abrumados de cenizas estelares.

Soy testigo, voy, y huelo las flores
Que dejan tus piernas de leche materna
En el tibio asfalto del mediodía.
Tú presencia, es el sonido de miles de tambores africanos
Dentro de mi acordeón de costillas,
Golpeando duramente el cuero que los conforma,
Llegando a provocar la catarsis de toda una tribu.

A la lejanía me revuelco en tu pelo de paja suave,
De mar manso, de eterno vuelo del cóndor.

lunes, 22 de junio de 2009

la historia

Estilo: Narración en primera persona: Plano Interior.


Ya pasadas las 4:00 de la madrugada decidí entrar al primer bar que encontrara abierto en la fría noche que azotaba a la ciudad. Iba firme de pensamiento, pero mi vista y mis pasos eran torpes, más que mal era un borracho más conquistando las calles de una urbe sin penas ni glorias, un borracho codeándose con perros vagos, travestís en su oficio, balizas de policías y tristes drogos de esquina. Como un errante zombi, de solera en solera.
Después de mi turbulenta búsqueda, logré encontrarme con el destino que tenía aquella noche…mi putrefacto cuerpo yacía bajo el umbral del Cesar Bar, un conocido boliche de la ciudad de Antofagasta, donde mujeres con poca ropa bailan para el tosco deleite de empresarios, taxistas, proxenetas, vendedores de cocaína y también para ebrios como yo que buscan terminar bien la noche.

Entré, y el denso ambiente me tomó como prisionero. El humo de los cigarrillos se volvió un mar con olor a fiesta, el aroma a cerveza vieja era el elegante perfume francés que se esparcía por todo el local y las luces que cambiaban de verde a rosado y de azul a rojo aumentaban el mareo personal que llevaba varias horas jugando conmigo. Me esmeré en tomar la primera mesa que encontrara como apoyo para mi etílica situación, y
-torpemente- tomé asiento. En ese momento me sentí tan bien acompañado de un placer único y de un cariño que jamás le había tenido a una silla, esto se debía a la confianza y convicción que tenía: nadie ni nada me sacaría de esa mesa las próximas 3 horas.

Prendí un cigarrillo y fui un miembro más de los futuros casos de cáncer de pulmón en Chile. Llamé a cualquier mesera, no me importaba como fuera, si era sexy, gorda, chica, fea, peluda, o lesbiana, me daba igual, lo que yo andaba buscando era un poco de refugio y un par de copetes. La mesera llegó a tomarme el pedido, era una muchacha que debió haber bordeado los 19 años de edad, lo noté por el tamaño de sus senos, por como manejaba la situación con una mezcla entre coqueteo y profesionalismo, y por como su sensual cadena de oro colgaba libidinosamente de su casi perfecto cuello. Le pedí dos cervezas, una destapada y la otra no – esto era para que una de las dos cervezas no perdiera el gas. No tardó mucho en volver con las dos botellas. Sus ojos buscaban demostrarme que el Cesar Bar no era solamente un bar de bailarinas exóticas, si no que también podía llegar a ser un lugar donde atendían de buena forma a las tertulias integradas por hombres de raza beoda, la mísma que yo llevaba esa noche.

La primera botella me miraba con temor, pues ya la había devastado casi completa. Y la vista ya era un dúo de todo, de bailarinas, de meseras, de dedos y de ceniceros también, porque claramente el sabor y la necesidad de la cerveza también buscan victimas. Sin pensar en aumentar los casos de cáncer pulmonar, encendí otro cigarrillo y mis ojos hinchados por el efecto de la cebada fermentada era el argumento más verídico de que el licor viajaba por mis juveniles venas.

El show al parecer se ponía interesante, debí captarlo así por los gritos que escuche cuando mi cabeza sin ninguna razón miraba interesada los cordones de mis viejos zapatos. Los gritos provenían de la mesa que estaba unos metros más allá, donde un par de soldados adolescentes buscaban un lugar dondegastar su primer sueldo pagado por la prestigiosa institución que es el Ejercito de Chile o quizás solo buscaban embriagarse y olvidar las patadas propinadas por su queridísimo coronel.

Como en picada, a lo lejos, logré distinguir a un par de chicas que se besaban acaloradamente como si tuvieran la más segura convicción de que el mundo ya vive un apocalipsis. Se besaban, importándoles un rábano la opinión eclesiástica y conservadora que pudieran tener algunos, (pero esos “algunos” no son de ir a antros como en donde tenia mis nalgas acomodadas), sus manos angelicales se paseaban felices entre sus senos y cuando dejaban de hacer todos los tramites eróticos que un beso acalorado trae consigo, brindaban, en ese momento creí que por los buenos tiempos que se les aproximaban como pareja.

Ya con la segunda cerveza destapada comienzo a darme cuenta que la fiesta no ve su hora de término, que los narcotraficantes ahora son manada en los baños y que el humo ya terminó por reemplazar al aire limpio.

De pronto aparecen tres mujeres mas desnudas que nunca y comienzan a hacer lo que parecieran ser la sorpresa estelar de la noche, un topless del infierno, puesto que escalaban desprovistas de ropas unos pilares de unos 3 metros y ya en la punta de estos, volteaban, dejando su cabeza hacia abajo, haciendo y gritando a los espectadores proposiciones de índole sexual y sadomasoquista; tal vez no es un acto muy descomunal, pero para una cabeza asediada hace ya varias horas por el alcohol, resulta ser un acto increíble, mágico y deslumbrante.

La cerveza se iba vaciando lentamente mientras yo ya me consideraba parte del extasiado público. Al momento de recordar que estaba bebiendo desde una botella, la busco en la mesa y la veo moribunda y vacía en su máximo esplendor. Levanto la cabeza y el ataque que recibo es el olvido de todo lo que fue el baile… no recordaba si las bailarinas habían sido tres o cuatro, quizás fue una o dos, pero que importaba, el local ya estaba cerrando y era hora de irse, porque mañana sería un día largo de buen hombre, de buen padre y de buen esposo.

Desperté, y el viaje desde el Cesar Bar a mi casa fue una partícula de tiempo olvidada. Solo recuerdo que despertarte desnudo, con una resaca de los mil demonios y alado de mi esposa. Me levanté, oriné, me lavé los dientes y bajé a cocinar unos ricos panqueques para remediar todos los malos actos que quizás sin intención provoqué en mi llegada a casa.

Intenté ocultar mi brutal resaca y regalar una bonita sonrisa hedionda a fiesta, mujeres y a cigarrillos.

sábado, 20 de junio de 2009

humano

Me siento todas las tardes en las sillas elaboradas de plástico viejo de las sala de clase, procurando siempre tener un punto de vista (no hablo del mental ) hacia un lugar determinado que es donde la base de todo este texto rebosa su angelical trasero e inunda la imaginación de varios (incluido yo) con pensamientos e imágenes de carácter ofensivo para la iglesia, con poemas y con inmaculadas ideas románticas. Es ella la muchacha más apetecida y por consiguiente la chica más alejada de hombres como yo. Es de esa especie de mujeres que saben que cuando aparecen en escena todo cambia y el mundo gira entorno a ella, aquellas que en lo más escondido de su ser, aunque digan que no dicen: que si no hay auto no hay ni siquiera mirada. Pero que mas dá, está hay, sentada y sonriendo juntos a sus compañeritos de curso, porque ese tipo de mujeres no tienen amigos de un día para otro, en el caso que llegue a tener amigos nuevos los requisitos primarios son que deben tener una buena chequera, colecciones interminables de tarjetas de crédito, un auto (de arriba de 10 millones) que las lleve a playas lejanas y una cabaña en algún lugar. ¿Qué sería del conocimiento sin prejuicios?

Pasa el tiempo y siento que mis ojos de a poco se escapan de las corneas, al mas puro estilo de esa escena donde la Mascara está todo caliente con la bailarina en un cabaret. No, no es para tanto, pero si, no puedo negar que abuso de la mirada, la violo con mi mirada, la apuñalo mil y dos veces con mi mirada de cuatro ojos. Pero hay estoy, en mi pequeño mundo bañado con aguas de vino tinto barato, contemplando como suricata el de ella, en donde navegan yates en mares de rones caros y cervezas Corona.
A ratos desde mi imaginación nacen las ganas de ir con la misma cara matutina de siempre y decirle: “Se mi polola porfa, hazlo de buena onda no mas”, pero cuando termino de imaginar aquel osado diálogo me rio dentro de mi mismo, deber ser porque cuando comienzo a imaginar que pasaría, se me vienen al craneo pensamientos como: que revuelos causaría o que tan respetado sería por mis pares al estar paseándome con una mujer tan tan tan tan “sueño americano”. Que tonto.

como lombrices bajo mis pies.

El único buen compañero que logré encontrar en esta fría y lúcida tarde de invierno fue el sonido del televisor que está abajo, en el comedor. No hay drogas, por lo tanto la tarde nublada se torna aún más gris y más similar a una amenaza celestial. El fiel compañero sonido me habla de sus problemas en el medio oriente, de sus cómicos amigos candidatos y de su temperamental yunta Ominami, me cuenta de las crisis, de guerras que solo entienden los empresarios y los dueños de países. Digo: es fiel porque es un afectuoso y respetuoso, compañero que está en las buenas y en las malas, bebe el té caliente de la señora Maria con migo, se queja mentalmente del pan frió y de las viejas torrejas de queso que este tiene y que debemo comer, se ríe de lo patético que puede llegar a ser los movimientos naturales del ser humano jajaja. Hay ratos que el televisor se ve reducido debido a conversaciones de post apareamientos, embarazos, gente que no conocemos ni el ni yo, con palabras y conversaciones sin ningún tipo de objetivo el cual debería ser el de cambiar un poquitito el mundo y por ende el tema de conversación de mi amigo televisor. Pasado el corto tramite de tomar la 11, abandono el comedor de la casa y la buena compañía ( la del televisor, claro). Me preparo para subir torpemente la escalera con el estomago socialmente lleno y una falaz sonrisita. Abro la puerta. Y me topo con un enorme ventanal que detrás de este, postrada en una cama, se encuentra una semi cadáver, una anciana que tiene una pata afuera y otra adentro del patio de los callaos,. La miro entre el vidrio y las cortinas. Abro un poco mas los ojos, la veo clara pero su cara anda devastada por las arrugas, y en su cara – especialmente en sus ojos y boca- se dibuja un gesto que a gritos dicedice: “porfavor quiero morir” o “que daría por un último polvo”, pero lamentablemente esos sollozantes deseos (los cuales no puede expresar debido a que al parecer se le olvido como hablar producto de estas enfermedades seniles que son tan horribles), se ven empañados con estruendoso “Hola abuelita, como está?” provenientes de sus torpes y modales nietas que con un pelo liso, elegantes botas y un olor a colonias artificiales buscan ser reconocidas por los trajinados ojos de la pronta muertita. Pobre anciana, en algunos casos me gustaría ser la muerte, digo, vestirme con una capucha negra y llevar empuñada una oz y entablar una conversación necesaria con tan pobre mujer o ser Frank Sinatra y cantarle al oído todas esas canciones que la excitaban y la volvían loca en su lejaaaaaaana juventud, triste es que ya no escuche consecuencia de su sordera. Pobre. Subo la escalera (torpemente, obvio)...

Si siguiera contando la historia escribiría: subo la escalera, miro un poco hacia el cerro, la a casa del pechuga, luego y pienso en que pasaría si yo anduviera con tal o tal mina, me darían ganas de fumar cualquier cosa que me vuele por un rato, pensaría en la gran paja que me da ir a la Universidad…y eso, no es muy interesante, pero lo interesante en todo este submundo que debo engullirme todos los días en la casa de los García -así creo que es el apellido del Gran Jefe de acá y debido a que es un país machista digamos: que es el apellido de la familia - , ese submundo de el misterioso universo de la Señora Maria (dueña de casa) que en una caminata con el cerebro infectado de planta apodé : “Doña Treme”, esa señora de contextura gruesa (por no decir guatona culiá) que aparece en las páginas de el histórico Condorito. Misteriosa, ya que su cara de oso triste y cansado de jugar con la miel, nunca refleja emociones, en esos ojos chinos asimilados a vaginas juveniles es imposible encontrar una pupila que acuse tus movimientos o que abogue por una buena conducta de casa seria, pero habla y se ríe de las imbecilidades, me habla de sus viajes a mi ciudad, de que debo cuidar mis cosas, ordenar mi cuarto y de cualquier wea que la aflija en el momento y que deba contárselo a alguien.
Asi es, los dias pasan lentos en la casa donde arriendo una pequeña pieza en el segundo piso.
Los mementos de mayor interferencia en el ambiente son cuando llega la hija menor que debe tener alrededor de 20 años, esta casada y espera a su primogenito argumento que salpica la casa de gritos, risas y emociones conceptuales. El primogénito ya tiene nombre, es orgullo familiar y ya es adorado por todos en esta casa menos menos por la moribunda abuela a la cual dia y tarde la bombardean con avisos de el crecimiento de la guata de la feliz futura mama y ella en su cómoda pero poca democrática postura en la cama, pone la misma cara desesperanzadoras que lleva siempre, esa que les comenté, esas que dice “por favor pelá, llévame”.
Haciendo al ojo un analizis porcentual de los temas de conversación de la muchacha, un 95% de sus palabreos son: me han crecido las pechugas, de tal tamaño está mi gusano, mi bebeeeeeeee, y de sus visitas al ginecólogo, y el otro 5% son temas que abordan: familia, amigos, centro y trámites que le salen mal.



Podría seguir y seguir escribiendo mis captaciones, pero esta peculiar historia de una familia común y corriente que habita en una casa en algún lugar del gran Antogafasta podría pasar a ser parte de sus vidas, una especia de guión de la mejor telenovela brasileña de los últimos tiempos, o tal vez el gatillo que catapulte mi salida de este escritorio.

martes, 9 de junio de 2009

paisaje

Si pudiera llevar
un paisaje costero de invierno en la billetera
como la droga que se consume placenteramente en baños de bares de mala muerte, lo haría.
describiría y saboriaría el cielo plomo como chalecas de abuelos, esos tipos de abuelos que ven como pasan sus largos dias sentados en una banca de maderos viejos afuera de sus casas.
El cielo plomo, como la vista interior de un ciego melancólico y esperanzado con la resaca de su viejo amor; acompañado de un puñado gaviotas risueñas que parecieran que estrepitosamente fueron lanzadas para dar la impresion de un paisaje triste pero penetrante en las retinas de los transuntes.

3 dimenciones: Gaviotas, de fondo toscos barcos pesqueros y más atrás la muestra de la mega conquista del mar, barcos capaces de albergar la poblacion de un pueblito al interior de cualquier ciudad.

El viento, ágil como gepardos enervados, capaces de helar la punta de tu nariz sin ningún asco y con la clara obstinacion de hacer recordar antiguos amores, antiguos deseos, antiguas peleas y antiguas visiones, porque viento hay para todos como sensasiones también...

En mi billetera llevaría el paisaje momentaneo, el invierno enchapado en un par de metros, en un poco de costa erocionada por la explotacion del hombre, en gaviotas húmedas y el olor a petróleo viejo mezclado con el olor de las añejas agallas de los congrios que adornan la caleta que está un poco más allá.